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El modo de producción capitalista ve en la naturaleza la fuente de recursos, el factor tierra de la industria, que por el factor trabajo se puede transformar para conseguir un valor añadido que aumente el beneficio y el capital. Cuanto mayor sea el valor añadido, que se calcula en ingresos, y menor sea el coste de producción, mayor será el beneficio. Será precisamente por esta regla del beneficio por la que se regirá la explotación del medio.

Otros dos conceptos vienen a reforzar esta idea: la propiedad privada absoluta y la libertad individual absoluta. Según esto, el propietario de un recurso puede hacer con él lo que quiera. Puede intentar sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, aún a costa de esquilmar el recurso.

Debemos tener en cuenta que no todo lo que existe en la naturaleza es un recurso, sino sólo aquello que la tecnología existente en una sociedad es capaz de transformar para su utilización como bien. Esta utilidad implica que el recurso se convierta en capital.

El uso preindustrial del medio

La capacidad que tiene la humanidad para transformar el medio ha tenido tres etapas decisivas:

En la primera, la sociedad era cazadora y recolectora. Recorría el espacio sin mayores transformaciones, fuera de algunos útiles de madera y piedra. Su capacidad para transformar el medio no era mucho mayor que la de otros animales, aunque sí era cualitativamente más decisiva.

A raíz de la revolución neolítica, y el descubrimiento de la agricultura, las sociedades adquieren una capacidad para transformar el medio de una manera decisiva y permanente; dentro de la biocenosis en la que se encuentra. La agricultura supone la elección de unos determinados espacios de cultivos en los cuales se hace una selección de especies, eliminando unas y cultivando otras (las que nos interesan). El instrumento más común para limpiar de especies el bosque ha sido el fuego y la roza. Pero, hasta la invención del arado no era posible limpiar el monte totalmente, siempre quedaban los pies de los árboles, las raíces y las matas, que tendían a recuperar el bosque más o menos rápidamente. Sin embargo, el arado permite que se arranquen todos estos «residuos», haciendo muy difícil su recuperación y fomentando los procesos de erosión y la degradación del suelo. En los espacios cultivados sólo se permite la existencia de una especie. Esta monofuncionalidad implica la rápida degradación de nutrientes del suelo cultivable, por lo que se hace necesario dejar en barbecho parte de la tierra durante un período más o menos largo; lo que supone la multiplicación de la tierra de cultivo por dos, por tres o por cuatro. De esta manera, la tierra necesaria que ha de permanecer limpia para poder cultivar es muy superior. No será hasta el siglo XVIII, cuando se comprenda cómo funciona las asociaciones de cultivos y la rotación de especies.

El monte era una fuente de recursos, como por ejemplo: madera, frutas, pastos, etc. Este bosque, en ocasiones, era roturado para obtener tierras de cultivo en épocas de superpoblación. Estas nuevas roturaciones tienen barbechos más largos. La utilización del monte como recurso supuso hacer, también, una selección de especies (incluso introduciendo algunas, como el castaño en Asturias en época de los romanos). Con el tiempo, el bosque se aclara de las especies arbustivas menos interesantes, y se hace una corta de árboles regular y reglada.

Cuando la población crecía, ante la imposibilidad virtual de aumentar la productividad, se ponían en cultivo nuevas tierras a costa del monte. Este sistema alcanzó su grado máximo hacia el siglo XVIII, cuando por el aumento de población se hubo de roturar, en Europa, hasta las tierras marginales y gran parte del bosque.

En esta intensificación del cultivo se encuentra el origen de muchos de los paisajes actuales: sabanas, la Castilla sin árboles de campos abiertos, los campos cerrados y abiertos de la Europa central, los cultivos arroceros por inundación del sureste asiático, o las explotaciones de dehesas de la llanura del macizo hespérico e, incluso, las zonas de pasto para el ganado.

No faltaban en este período actividades industriales, pero su capacidad para transformar los recursos naturales era escasa. Sus fuentes de energía dependían de la naturaleza. El viento, el agua y los animales eran, pues, perfectamente renovables, pero, tenían el impedimento de que se limitaba la capacidad transformadora, ya que determinaban la localización industrial.

El tercer período decisivo, en la capacidad transformadora del medio, aparece en el siglo XIX, con la revolución industrial. La revolución industrial se inicia en el siglo XVIII en Inglaterra. Supone una capacidad de intervención en el medio decisiva, y en aquel momento inimaginable. Este modelo de transformación alcanza sus mayores cotas de expresión en la última mitad del siglo XX, cuando la revolución industrial ha evolucionado y ha encontrado nuevos recursos.

La revolución industrial en el sector primario

El primer sector en el que incide la revolución industrial es la agricultura, no sólo porque sea la que transfiere a la industria capitales, fuerza de trabajo y las mercancías necesarias para el desarrollo industrial, sino porque los productos industriales: mecánicos, químicos y biológicos; permiten un incremento decisivo de la productividad y un uso intensivo del suelo agrícola. Se hace posible reducir la superficie de cultivo, sobre todo la dedicada a barbecho y forrajes, y se comienza un proceso de especialización regional favorecido por la mejora de las comunicaciones y la creación de un mercado nacional e internacional.

El proceso culmina en los años 60 del siglo XX con la conocida como revolución verde. La revolución verde consiste en: la aplicación masiva de la tecnología y los avances científicos y genéticos a la agricultura; desde potentes tractores que horadan la tierra a la profundidad justa, al empleo de abonos químicos nitrogenados y calculados para que la tierra recupere los nutrientes perdidos; o la utilización de herbicidas y pesticidas, para evitar que crezcan otras especies que las deseadas, o sean atacadas por hongos, insectos u otras enfermedades que, las dimensiones de los cultivos, convierten en plaga. También se usa la selección genética de especies de crecimiento rápido o mayor productividad por unidad de superficie; e incluso la ingeniería genética, que va desde los injertos, de antaño, al laboratorio. Y todo ello para lograr que una determinada especie pueda cultivarse en ecosistemas que no le son propicios; y para lograr la creación de biosistemas artificiales, como el invernadero o la agricultura si tierra, que permiten diversificar la oferta de productos agrícolas en el mercado. Este tipo de agricultura necesita grandes cantidades de capital.

Todo esto permite a los países capitalistas de Europa, con poca tierra de cultivo, producir una gama variada de productos, aunque a un alto precio, con lo que tenemos una agricultura de policultivo capitalista. En los países capitalistas con muchas tierras, como Estados Unidos, Argentina y, también, la URSS, este aumento de la producción se puede hacer con menos recursos de capital, a costa de la extensión de la tierra de cultivo y de una mínima ayuda de los avances técnicos. Sin embargo, también aquí se acude a los avances de la revolución verde y se invierte mucho capital. En los países subdesarrollados se ha establecido una dualidad entre la agricultura tradicional, que apenas ha sentido el impacto de la revolución verde (por la falta de capital), y la agricultura especulativa de plantación, altamente capitalizada y que acude a todos los avances técnicos y científicos a su alcance.

La revolución verde, si bien es cierto que ha producido un incremento espectacular en la productividad agraria y las rentas de los agricultores, ha tenido graves consecuencias ecológicas debido a las prácticas industriales de producción. La utilización masiva de abonos químicos y pesticidas ha contaminado numerosas tierra y aguas, que han quedado inservibles para la agricultura. Se ha acelerado la erosión de los suelos y la pérdida de nutrientes en los espacios de monocultivo.

Las consecuencias más graves se han dado en los cultivos sobre tierras heredadas. Su degradación bajo condiciones ecológicas diferentes a las que había cuando se formaron hacen, virtualmente, imposible su recuperación. En los climas semiáridos y con posibilidades de disponer de agua alóctona se ha optado por la extensión masiva del regadío. Frecuentemente, hay algunos desequilibrios entre las formas de regadío (como, por ejemplo, el sistema de inundación), y las demandas de agua. Al mismo tiempo se ha llegado al desecamiento de numerosas zonas húmedas. España es un arquetipo claro, y las tablas de Daimiel su ejemplo más emblemático. Sin embargo, hay sistemas de regadío más eficaces, como la aspersión, el gota a gota o el regadío al anochecer.

Pero las consecuencias de la revolución verde no han sido sólo ecológicas, sino también sociales. En los países del Tercer Mundo, la agricultura especulativa de plantación ha supuesto la desarticulación de la agricultura tradicional; detrayendo de ésta tierra de cultivo y fuerza de trabajo. Además de la roturación del bosque tropical. Por su carácter especulativo, una plantación depende de los precios internacionales del producto, que pueden variar con rapidez. El abandono de la explotación de una tierra esquilmada implica la aceleración de los procesos de erosión, sobre todo en los sistemas morfogenéticos áridos. La plantación ha supuesto la introducción de un modo de vida diferente y la creación de un proletariado agrícola. E incluso, se ha variado la dieta tradicional de la población, sobre todo a través de las ayudas internacionales. Todo esto se refleja en la quiebra ecológica y social de los países del Tercer Mundo.

Otro ámbito en el que la revolución industrial ha supuesto la quiebra ecológica de los biosistemas es el de las actividades extractivas. La pesca masiva, un recurso que tiene como única posibilidad de recuperación su propia fertilidad natural, ha desencadenado la casi total desaparición de multitud de especies; e incluso bancos muy ricos, como el banco peruano. Se ha tenido que legislar la prohibición de capturar algunas especies y se han debido de conformar paradas biológicas, en las épocas de cría, para asegurar la recuperación de los bancos. La ballena es el caso más representativo de todos, al ser uno de los animales más emblemáticos y más capturados en el océano. La capacidad de capturas de las actuales flotas, y las artes utilizadas, hacen que no sólo la especie que se pesca caiga en las redes de los barcos, sino, también, muchas otras. Esto supone, para todas las especies, que no se tengan garantizadas las posibilidades de recuperación, ya que se puede modificar hasta la cadena trófica. Es posible que otras especies se extingan y se provoque la quiebra de la biocenosis.

Exactamente lo mismo ocurre en la caza y la silvicultura, las otras dos grandes actividades extractivas de recursos biológicos. Los métodos de extracción son tan intensos, y tan agresivos, que afectan a todo el equilibrio ecológico del ecosistema, introduciendo incluso cambios en el topoclima, los suelos y los procesos morfogenéticos.

La minería es otra actividad extractiva altamente agresiva con el medio. Fue en la minería en el primer sector en el que se empleó la máquina de vapor para mejorar la productividad, lo que da la medida del impacto de la revolución industrial en ella. En principio, se supone que los recursos mineros son limitados, ya que el ciclo de regeneración es de escala geológica, por lo que no cabe esperar una explotación en las que se conserven las reservas. Además, sus métodos de extracción, sobre todo en el caso de las minas a cielo abierto, inciden directamente en la dirección en la que se desarrollan los procesos morfogenéticos: cambiando el curso de la escorrentía, lo que puede afectar a la biocenosis en la que se encuentran.

La revolución industrial en el sector secundario

La revolución industrial, y el despegue tecnológico, supuso para la industria transformadora una capacidad para modificar el medio sin precedentes hasta el momento, y de una manera radical. Este es el sector en el que más incidió, por definición, la revolución industrial.

En primer lugar, por la transformación masiva de productos naturales en un corto período de tiempo, lo que implica el esquilmo de los recursos naturales por encima de su tiempo de renovación. La industria demanda productos del medio natural en lugares muy diversos, por lo que su impacto no se reduce, sólo, al lugar donde se instalan, sino a todos los lugares de los que demandan productos.

Pero es el lugar en el que están ubicadas las plantas industriales donde más se deja sentir su impacto. Para el funcionamiento industrial es necesaria la total transformación del medio. El emplazamiento ha de estar libre de especies vegetales, además, las infraestructuras necesarias inciden, también, en el equilibrio de la biocenosis. La contaminación del aire y acústica, así como del suelo, hace de él un lugar poco propicio para el desarrollo de la vida natural.

En el proceso de transformación de la materia prima, esta pierde peso. Esta pérdida de peso es materia perdida, que se convierte en un agente contaminante de primer orden en cuanto que es introducido en el medio por encima de su capacidad de recuperación. Son estériles para los suelos, contaminantes del agua y el aire, productos sólidos, líquidos y gaseosos que no se encuentran normalmente en la biocenosis en la que se introducen.

Pero, el impacto de la industria en el medio no sólo viene de la mano de sus productos, sino, también, de la energía que se requiere para el proceso de transformación de las materias primas. Esta energía, en los tiempos modernos, se ha ido liberando de la escasa potencia de las energías renovables y de su localización. El consumo de fuentes de energía fósiles permitió otras ubicaciones de la industria, y el aumento de la escala de las fábricas. La emisión al aire de gases y partículas, procedentes de la combustión de estas fuentes de energía fósiles, tienen un impacto superior al de la comarca en la que están ubicadas las plantas de fabricación y producción de energía.

La energía eléctrica, utilizada en muchas industrias actuales, traslada el problema de la contaminación para producir energía, de su ámbito, a otro más degradado o despoblado; gracias a la tecnología que permite transportar la electricidad a grandes distancias. Se forman, así, espacios especializados en la producción de energía eléctrica (por medios térmicos o hidroeléctricos). Los medios hidroeléctricos son más limpios, con en aire, que los térmicos por combustión de carbón o petróleo; pero, necesitan grandes embalsamientos de agua y grandes desniveles, lo que provoca otro tipo de problemas ambientales, como son la anegación de valles de montaña y la modificación del topoclima en su entorno; a fin de cuentas, se crea un lago artificial capaz de modificar la humedad absoluta de la atmósfera local y, por lo tanto, la humedad relativa. Otra manera de conseguir electricidad es la termonuclear, que no genera contaminación del aire, ni hace necesario el anegamiento de valles. Sin embargo, utiliza grandes cantidades de agua, que una vez calentada es devuelta al medio, no siempre lo suficientemente enfriada. Pero el problema más grave de la energía termonuclear es que genera residuos radiactivos altamente peligrosos, de vida muy larga y muy difíciles de eliminar.

El impacto contaminante de la industria no se reduce a su propio ámbito, ni a su entorno. La emisión de contaminantes al aire y al agua, que son fluidos que circulan por todo el globo, implica la irrupción de ellos en otros ámbitos. La importancia contaminadora de la industria ha llevado a poder considerar a todo el planeta como ámbito contaminado, desde el aire, al mar Mediterráneo, Báltico, etc. En lugares muy lejanos, tanto de los centros fabriles como de las regiones industriales, se puede encontrar su impacto contaminador.

La revolución industrial en la ciudad y las comunicaciones

Una de las consecuencias más notables de la revolución industrial es la urbanización masiva de la población: la concentración en grandes ciudades, con una alta densidad de población y con extensiones muy grandes.

Una de las características de las ciudades actuales es la ausencia, casi total, de naturaleza. No es que haya ausencia de animales, los hay domésticos, también hay especies vegetales, plantas domésticas y de jardín (como las que encontramos en los parques, salones y veredas de los ríos), que, en ningún caso, pueden considerarse como biocenosis, porque no se cumplen las transferencias necesarias. También hay vida salvaje, con especies urbanas como ciertas aves, cigüeñas, vencejos, gorriones, insectos, ratas, ratones (que mantienen abiertas las cañerías más estrechas), etc.

Otra característica de la vida en las ciudades, en la actualidad, es la utilización de productos industriales y agrícolas que no produce, y que son usados de manera parcial y una sola vez. Esto genera un ingente volumen de basuras muy difícilmente eliminables; máxime cuando gran parte de los residuos urbanos son productos industriales difícilmente degradables, como plásticos, metales, vidrios y contaminantes fluidos: aceite, mercurio, detergente, etc.

Otro elemento importante en las ciudades es la contaminación urbana e interurbana. El rey de los desplazamientos urbanos es el coche privado, un agente contaminante de primer orden, ya que contamina el aire por la combustión de gasolina, produce contaminación acústica y, también, contaminación espacial; generando atascos, dificultando el tránsito peatonal y congestionando todas las ciudades. Hay que tener en cuenta que, a cada familia le corresponden casi dos coches.

Pero además, la comunicación entre ciudades necesitan unas vías especializadas, carreteras y vías de tren, que atraviesan diversos espacios naturales, con un impacto en el medio más o menos importante. En general, cuanto mayor sea la velocidad permitida en la red, mayor es el impacto en el medio natural. Estas vías se constituyen en auténticas barreras artificiales que impiden la comunicación entre ambos lados de la biocenosis, particularmente para las especies animales. Aún está muy poco estudiado cuál es la importancia y las consecuencias de este tipo de barreras para los diferentes ecosistemas.

La ciudad es un espacio artificial que hace segura y confortable la vida humana, pero que desequilibra de manera radical la biocenosis donde se ubica, debido, sobre todo, a su potencial contaminante.

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